miércoles, 20 de julio de 2016

EL MEJOR DE LOS MUNDOS PLAUSIBLES




Por Carlos Balboa 


13/8/2015


¿Qué tienen en común Julio Buffarini, Jean-Paul Sartre y el meteorito que extinguió a los dinosaurios? Si te parece que no hay ninguna conexión posible, tal vez no brindaste lo suficiente por este primer aniversario de San Lorenzo campeón de América. No te preocupes, todavía estás a tiempo de leer lo que sigue y alzar la copa por lo vivido, por lo que no y por lo que falta.


A un año de la consagración más esperada te quiero hablar de un libro de Geoffrey Hawthorn, llamado “Mundos Plausibles”, en el que el sociólogo y politólogo británico se refiere a los acontecimientos “bisagra”, aquellos que marcan un antes y un después en la historia, los que -para bien o para mal- tuercen uno o más destinos, los que tienen el potencial para cambiar la realidad tal como la conocemos. Hawthorn los llamó “Puntos Jonbar”, en homenaje a John Barr, el personaje de un cuento del estadounidense Jack Williamson que creaba mundos alternativos con cada decisión que tomaba.


(Sí, la intro es larga, pero esperaste 54 años para levantar la Libertadores, mirá si no me vas a tener paciencia en ésta)...


Te hablaba de los “Puntos Jonbar”, ¿me seguís? Dentro de la ciencia ficción existe todo un género literario, el de las ucronías, que se dedica a jugar con ellos. Así, Robert Sawyer conjeturó qué hubiera pasado si los neandertales hubieran extinguido a los homo sapiens en la trilogía “The Neanderthal Parallax”, y Philip Dick imaginó qué hubiese sucedido si Alemania hubiera ganado la Segunda Guerra Mundial en “El Hombre en el Castillo”, entre miles de ejemplos más. Pero, sin necesidad de recurrir a la literatura, la mismísima existencia humana es consecuencia de múltiples “Puntos Jonbar” (desde la creación del Universo hasta la generación de las condiciones para hacer apta la vida en este planeta, pasando por la extinción de los dinosaurios, por citar los más obvios).


Quienes empezamos a leer de la mano de la colección “Elige tu Propia Aventura” estamos bastante familiarizados con los “Puntos Jonbar” desde chicos. Saber que el desarrollo y el desenlace de una historia -de cualquier historia, incluso de la propia- dependen de una sumatoria de elecciones nos hizo sartreanos antes de saber quién era Sartre. Por supuesto que no andábamos por la vida con el ceño fruncido, pensando que uno estaba condenado a ser libre y que el hombre era lo que hacía (con lo que habían hecho de él). Pero, a lo mejor, algo de eso intuíamos.


El fútbol, esa condensación del espíritu bélico del ser humano que es mucho, muchísimo más que un juego, ofrece un escenario sumamente propicio para fantasear con esto de los “Puntos Jonbar”. Como en pocos otros terrenos, la gloria absoluta y el fracaso total pueden dirimirse, sin escalas, por cuestiones milimétricas. Y los cuervos, creo yo, experimentamos una particular fascinación por el tema. Hijos de una historia plagada de decisiones clave con indelebles efectos en nuestra identidad cuerva (y no me refiero sólo a las futbolísticas), somos talibanes del “¿qué hubiera sido?”.


¿Qué hubiera pasado, por ejemplo, si los dirigentes de turno no hubiesen cedido a Peñarol la localía del desempate en la Libertadores del ’60? ¿Cuántas Copas tendríamos ya si hubiéramos sumado esa primera edición a nuestras vitrinas, en una época en la que ganar una te depositaba directamente en las semifinales de la siguiente y la mística copera se forjaba sobre la marcha? ¿Cuántas Intercontinentales, cuántas Supercopas, cuántas Recopas y demás? ¿Y si Los Matadores hubieran jugado la Libertadores del ’69, de la que los clubes argentinos no participaron -salvo Estudiantes- por estar en desacuerdo con el sistema de disputa? ¿Y si la suerte hubiese acompañado un poco, tan sólo un poco, en la del ’73? ¿Y si el cabezazo de Ruggeri…? ¿Y si Orión…?


La búsqueda y detección de distintos “Puntos Jonbar” en la vieja y reciente historia copera de San Lorenzo configura un ejercicio inacabable. Y mucho menos masoquista, claro, cuando se pone en práctica después de un éxito. Evocar la Copa Libertadores 2014 -la que siempre añoramos, la que al fin (nos) correspondió- resulta ideal para eso.


Uno puede pensar, de hecho, en el infantil penal de Coronel ante el tiro con destino incierto de Cauteruccio, un error no forzado que nos permitió abrir una final cerradísima. Casi tanto como en la distracción de los últimos segundos en Paraguay, que nos impidió llegar a dicha final (un poco) más tranquilos. O teorizar sobre las bajas propias y ajenas, de cara a las semis, durante el parate por el Mundial de Brasil. O retrotraerse a la definición alta de Piatti -que, según dijo, quiso definir por abajo- en el vital 3-0 a Botafogo.


O uno puede viajar en el tiempo hasta el manotazo salvador de Torrico, en Liniers, el que nos dio el Inicial 2013 y el pasaporte para jugar la Copa (un retraso de una décima de segundo en su reacción y nada de lo que luego ocurrió hoy sería real). O, un poco más atrás, hasta el cabezazo de Kannemann contra San Martín de San Juan, para salvaguardar la permanencia en Primera (mucho antes de salir campeón y de poder jugarla). O, todavía un poco más atrás, hasta la dura lesión de Sebastián Luna que dio lugar al inicio de las gestiones para contratar a un refuerzo que terminaría siendo clave en esa época de caída libre (y después también).


Las posibilidades son infinitas, pero permítanme quedarme con un “Punto Jonbar” en particular. Una jugada que me hizo pensar en el mismo momento en que se produjo que ahora sí, ahora la historia podía tener final feliz,esta vez la Copa podía quedarse en Boedo.


Octavos de final, partido de vuelta en Porto Alegre. Gremio se venía como históricamente se vienen los equipos brasileños en su cancha cuando están un gol abajo en la serie y van 10 minutos del primer tiempo. El típico lapso de partido en el que hay que aguantar sus embates para amansarlos, so pena de comerse una goleada funesta de no conseguirlo. Un lapso crítico, digamos. Un despeje corto y una gran habilitación de Dudú para Barcos, con la defensa de San Lorenzo mal parada (tres tipos en línea, habilitando al delantero), la salida desesperada de Torrico que al levantar los brazos ya sabe que se la puntean, que no hay nada más que hacer salvo rezar por un milagro, y la corrida heroica de Buffarini, el pique corto adivinando lo que va a pasar para llegar con lo justo, para hacerlo a toda velocidad y no meterse con pelota y todo, todavía no sé cómo, para sacarla con el revés del pie, en paralelo a la línea de meta, para mantener el cero, para que todos respiremos.


Y entonces un grito de alivio que me infló el pecho como un grito de gol. Y entonces un déjà vu: Morel Rodríguez, en el Centenario, impidiendo de manera similar una derrota que nos dejaba afuera de la Mercosur 2001, la primera alegría internacional. Y entonces el paralelismo. Y entonces una presunción con ganas de volverse certeza: este año puede ser, este año se tiene que dar.


Sí, ya sé que después corrió mucha agua bajo el puente. No hace falta recordar, de a fogonazos, la definición por penales de esa misma noche y todo lo que vino desde entonces. Pero ése fue, para mí, el “Punto Buffa” de la Copa. Y me alegra mucho saber que, decida lo que decida hasta el final de mis días, cuando piense en la Libertadores 2014 siempre me va a acompañar el recuerdo de esa jugada. La que veo una y otra vez, sin dejar de celebrarla. La que hace un año nos permitió alzar la Copa, espantando los fantasmas del “nunca” en la frase “ahora o nunca”. La que hoy me permite alzar la copa y volver a brindar por las que vienen, por las que tienen que venir (el conformismo es la peor forma de suicidio).


Y me dejo engañar a gusto, al menos por un rato, con la dulce ficción de que todo salió como debía salir, de que todo lo que se sufrió durante tanto tiempo fue para redoblar el goce actual, de que estamos en el mejor de los mundos plausibles y todas esas patrañas que uno se permite pensar cuando se siente a gusto.