viernes, 17 de julio de 2009

20 de Julio de 1969


Por Alejandro Szwarcman

Según constaba en sus propios documentos, mi abuelo nació en un pueblo olvidado de la Europa Oriental allá por 1905.
En mi familia no eran pocos los que por diversos motivos sospechaban que ese dato no era del todo auténtico. De tal manera, mis parientes comentaban a menudo que el registro de aquel año no era más que un malentendido propio de la época y que "el zeide" por lo tanto, habría llegado al mundo con las últimas exhalaciones del siglo XIX.
Para mí, que siempre dudé de todo, no era ni una cosa ni la otra.
Yo creo que por su concepción del universo, mi abuelo bien pudo haber sido uno de aquellos abnegados que atravesaron a pie el Mar Rojo junto con Moisés en ese azaroso periplo que condujo a los hebreos desde Egipto hacia la Tierra Prometida.
Lo que está claro desde ya, es que mi abuelo no pertenecía de ningún modo al siglo XX.
Tipo muy especial aquel Don Jacobo. Su mundo se dividía a dos aguas. Uno, el de su precario Kámenetz natal, un pueblo ucraniano situado a pocos kilómetros de la frontera rumana. El otro, el de aquella Buenos Aires de conventillos y de inmigrantes que tanto lo atraía.
En mi barrio muchos de mis amigos tenían abuelos extranjeros. Había de todo.... ¡Qué se yo!. Andaluces, calabreses, yugoslavos y otros tantos que ahora ya no recuerdo. Tengo que confesar que me divertía como loco escuchándolos pronunciar esa jerga retorcida con la que intentaban comunicarse. Y a veces pienso que algunos de ellos acentuaban adrede sus dificultades con el idioma para reírse de sí mismos y hacernos reír a nosotros también.
Había muchos inmigrantes en mi barrio. Sin embargo mi abuelo era como un resumen de todos ellos. Me divertía mucho con él. Solía razonar con ingenuidad, como a veces razonan los viejos, inmersos en esa galaxia imaginaria que a veces se parece un poco al universo crédulo de los locos y otro tanto al pensamiento mágico de los niños.
Adelantándose a muchos de los ideólogos del posmodernismo por ejemplo, mi abuelo creía con total convicción que todo lo que sucedía en la televisión era tan cierto como irrefutable. Se sentaba frente a un antiguo televisor Zenith que había en casa y el verdadero espectáculo estaba no tanto en los programas, sino en los comentarios que hacía utilizando aquella extraña jerigonza, mezcla de yddish, de ruso y de lunfardo.
Su programa favorito era Titanes en el Ring.
Con sus preferencias y con sus rechazos, esperaba entusiasmado cada semana los combates de aquellos extravagantes luchadores, encarnados todos en los personajes más ingeniosos que pudo haber inventado la televisión argentina.
Había que verlo al abuelo sufrir cuando alguno de "los malos", empleando sus recursos habitualmente antirreglamentarios, se imponía a su rival de turno, o mostrar sin disimulo su júbilo y su aprobación cuando triunfaba la justicia en las tijeras voladoras del Caballero Rojo o en las dobles-convoy del campeón “español” José Luis.
La verdad, en fin, era que todos sabíamos que José Luis por ejemplo, no era campeón de nada y apenas lo deberían conocer en España...¡Pero el abuelo se ponía como un chico si le llevábamos la contra!.
Mientras tanto, el locutor desaforado increpaba a William Boo, un árbitro canalla, calvo, redondo por demás, y complacido delante de todo el mundo de sus propias iniquidades:

- ¡¡Esto es una vergüenza inaceptable!! ¡¡No lo permitan señores del jurado!!
Y todo eso aún no era suficiente. Porque por sobre todo ese fantástico circo de héroes estrafalarios y de villanos enmascarados, el colmo del candor del abuelo alcanzaba el pico más alto cuando la pantalla se quedaba a oscuras y un delgado círculo de luz y una turbadora música de suspenso anunciaba la aparición por detrás de un telón del personaje número uno de esa hermosa farsa: La Momia. 
- ¡Pero abuelo...! ¿Por qué se pone tan nervioso? ¿No se da cuenta que está todo armado…?
No había manera de convencerlo que todo aquello no era ni más ni menos que un "tongo", muy bien pensado, pero tongo al fin.
A veces rechazaba furioso nuestros argumentos como un pibe que no quiere escuchar o enterarse que los Reyes son los padres.
Una noche, la noche del 20 de Julio de 1969, estábamos sentados frente al televisor esperando la hoy ya histórica llegada del hombre a la luna.
Mi viejo, el más ansioso de todos, nos repetía a mi hermana y a mí la perorata de que guardáramos para siempre en nuestra memoria aquel momento, que aquello era un suceso que cambiaría al mundo, que lo que estábamos por presenciar sin ninguna duda sería contado con pasión a nuestros nietos, que bla, bla, bla…
Recuerdo que en aquella habitación había mucha gente. Papá, Mamá, mi hermana, algunos vecinos sin televisor, mi perra y yo.
Estábamos todos claro, menos uno: el abuelo.
En el preciso instante en el que Neil Amstrong descendía de la cápsula espacial para poner su pie en suelo lunar y mientras mi viejo se devoraba el séptimo cigarrillo, la perra comenzó a mover la cola, ladró una o dos veces y se oyó el crujido irreverente de una puerta que se abría.
Asombrado, pero casi con un poco de enojo, el abuelo que solía caminar arrastrando los pies, calzado ya en sus pantuflas y una mano en el bolsillo del pijama se dirigió a todos y preguntó:
- ¿Qué está pasando che... qué pasa…?
Mi viejo, sin sacar la vista del televisor emitió un sonido parecido al chorro que sale de un sifón y atinó a hacerle el clásico gesto de silencio con el dedo índice, sin mirarlo, casi ignorándolo, lo que aumentó la curiosidad del abuelo.
- ¿Qué pasa che...?
Alguien, como pudo, le quiso explicar de qué se trataba...
Entonces mi abuelo con un gesto de piedad, de profunda y cachadora piedad, se dirigió a todos, pero en especial a mi viejo y nos dijo:
- Así que un hombre llegó a la luna y encima lo transmiten en vivo y en directo...¡La pucha que son giles ustedes…!. ¿No se dan cuenta que está todo armado?














Odnazhdi (Érase una vez)

“¡Dios mío! ¡Qué triste es nuestra Rusia!” (Aleksandr Sergeievich Pushkin) Q UE MOSCÚ ESTÁ CUBIERTO DE NIEVE Me han dicho que...