martes, 8 de junio de 2010

EL ULTIMO


Si es que finalmente hay que creer todo lo que publican los diarios, entonces es verdad que el pasado 31 de mayo murió Rubén Juárez.
Uno quiere pensar que es otra mentira de la prensa amarilla, otra broma de mal gusto de algún cronista inescrupuloso. Pero no, era cierto nomás.
He intentado en estos días una y otra vez iniciar algo parecido a una nota o a una catarsis, y con sinceridad espero, que la congoja y el desconsuelo no me impidan ahora sí, concluir esto que por lo menos, aspira a ser un humilde homenaje disfrazado de texto.
Talentos como el del Negro no admiten medias tintas o consideraciones tibias y no podré ser objetivo, por supuesto. Hasta sospecho que seré injusto. Pero la sensación que tengo es que su partida ha clausurado una compuerta que el tango no podrá volver a abrir.
Para usar una metáfora boxística muy fatigada pero muy afín a los porteños, siento que la Muerte puso al tango de knock-out.
Esa es mi sensación.
Se ha ido el último.
Se ha ido aquel que en cada canción, colocaba al público en el borde de los abismos emotivos.
Alguna vez, al final de una presentación en el Teatro Roma de Avellaneda, el poeta Eugenio Mandrini me dijo: “Rubén Juárez es un cantor temible”.
Es decir, había que tenerle miedo a ese tipo que se subía al escenario vestido de negro para jugar al gato y al ratón con la Muerte.
Porque el Negro, (esto es verdad, no miento, yo lo ví), la agarraba a la Innombrable del pezcuezo, la metía adentro del fueye, le pegaba un par de biabazos, luego la acariciaba, le hacía el amor, y al final de cada tango se la tiraba al público echa un estropajo.
Ese era el Negro Juárez.
O por lo menos el Negro Juárez que yo vi.
Los mezquinos, los miserables que siempre están, decían que los excesos le habían robado en los últimos años el torrente y el brillo de su primera etapa de cantor.
Una estupidez.
Rubén había ganado en interpretación, en delirio, en matices, en fin, se había convertido en un artista notable y en un maestro de la escena, más que en un simple cantante.
Y todo eso sin mencionar que fue, para mi gusto, el más excitante y asombroso bandoneonista que vi sobre un tablado.
No hubo en toda la historia del tango un artista como Rubén Juárez.
Perdonen los académicos, los coleccionistas, los interpretadores de cifras y jeroglíficos por lo que voy a decir, pero creo que el Negro fue el más grande después de Gardel.
No tengo dudas.
Sólo la decadencia del tango y el éxodo de los sectores más humildes del público hacia otras músicas no lo convierten en un mito.
El tango, a veces proverbial, admonitorio, otras melancólico, ha exhibido desde siempre una larga lista de “últimos”.
El último organito, La última copa, El último café, El último escalón, más otros innumerables etcéteras , constituyen una prueba concluyente que desde la estructura del inconsciente del porteño siempre ha aflorado la concepción de un tiempo segmentado, metafísico, impar.
Todavía no sabemos las consecuencias de la partida del Negro. Quedan muy buenos músicos, muy buenos cantores, pero tengo la sensación, aunque parezca obvio, de que algo se ha ido para siempre.
Seguramente algún poeta, en algún remoto café de Constitución o de Villa Pueyrredón, ya estará llorando una elegía por el Negro Juárez.
Yo no puedo escribir nada. Me paralizó la pena.
Apenas puedo terminar esta página caótica.
Pero si pudiera hacer a un lado la angustia le dedicaría un tango con un título unívoco:
“El Último”.
Así de simple. El Último.
No habrá ninguno igual.
¡Hasta el tango siempre, Negro!.
Y no digo más…

Buenos Aires, 7 de Junio de 2010.

Odnazhdi (Érase una vez)

“¡Dios mío! ¡Qué triste es nuestra Rusia!” (Aleksandr Sergeievich Pushkin) Q UE MOSCÚ ESTÁ CUBIERTO DE NIEVE Me han dicho que...