lunes, 28 de diciembre de 2009

A HARD RAIN`S A GONNA FALL (traducción anónima)


La poesía de Bob Dylan sigue siendo irrompible, a pesar del tiempo y de las traducciones. La que muestro a continuación sin embargo, no está tan mal, me parece.

A hard rain's a-gonna fall
(Una dura lluvia va a caer)


Oh,¿Dónde has estado
mi querido hijo de ojos azules?
¿Dónde has estado
mi joven querido?

He tropezado con la ladera
de doce brumosas montañas,
he andado y me he arrastrado
en seis autopistas curvadas,
he andado en medio
de siete bosques sombríos,
he estado delante
de una docena de océanos muertos,
me he adentrado diez mil millas
en la boca de un cementerio,
y es dura, es dura,
es dura, es muy dura,
es muy dura la lluvia que va a caer.

Oh, ¿Y qué viste,
mi hijo de ojos azules?
Oh, ¿Qué viste,
mi joven querido?

Vi lobos salvajes alrededor
de un recién nacido,
vi una autopista de diamantes
que nadie usaba,
vi una rama negra
goteando sangre todavía fresca,
vi una habitación llena de hombres
cuyos martillos sangraban,
vi una blanca escalera
cubierta de agua,
vi diez mil oradores
de lenguas que estaban rotas,
vi pistolas y espadas
en manos de niños,
y es dura, es dura,
es dura, y es muy dura,
es muy dura la lluvia que va a caer.

¿Y qué oíste,
mi hijo de ojos azules?
¿Y qué oíste,
mi joven querido?

Oí el sonido de un trueno
que rugió sin aviso,
oí el bramar de una ola
que pudiera anegar el mundo entero,
oí cien tamborileros
cuyas manos ardían,
oí diez mil susurros
y nadie escuchando,
oí a una persona morir de hambre,
oí a mucha gente reír,
oí la canción de un poeta
que murió en el bajo,
oí el sonido de un payaso
que lloraba en el callejón,
y es dura, es dura,
es dura, es muy dura,
es dura la lluvia que va a caer.

Oh, ¿A quién encontraste,
mi hijo de ojos azules?
¿Y a quién encontraste,
mi joven querido?

Encontré un niño pequeño
junto a un pony muerto,
encontré un hombre blanco
que paseaba un perro negro,
encontré una mujer joven
cuyo cuerpo estaba ardiendo,
encontré a una chica
que me dio un arco iris,
encontré a un hombre
que estaba herido de amor,
encontré a otro,
que estaba herido de odio;
y es dura, es dura,
es dura, es muy dura,
es muy dura la lluvia que va a caer.

¿Y ahora qué harás,
mi hijo preferido?
¿Y ahora qué harás,
mi joven querido?

Voy a regresar afuera
antes que la lluvia comience a caer,
caminaré hacia el abismo
del más profundo bosque negro,
donde la gente es mucha
y sus manos están vacías,
donde el veneno
contamina sus aguas,
donde el hogar en el valle
encuentra el desaliento de la sucia prisión,
y la cara del verdugo
está siempre bien escondida,
donde el hambre amenaza,
donde las almas están olvidadas,
donde el negro es el color,
y ninguno el número,
y lo contaré, lo diré, lo pensaré
y lo respiraré,
y lo reflejaré desde la montaña
para que todas las almas puedan verlo,
luego me mantendré sobre el océano
hasta que comience a hundirme,
pero sabré bien mi canción
antes de empezar a cantarla,
y es dura, es dura,
es dura, es muy dura,
es muy dura la lluvia que va a caer.

(Bob Dylan)



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domingo, 27 de diciembre de 2009

Joaquín y Benjamín, poetas consonantes


Confieso que no esperaba demasiado de “Vinagre y rosas”, el último disco de Joaquín Sabina.
No porque considerara que su inspiración estuviera agotada, para nada. Pero pensaba yo: “-¿Con qué más me puede sorprender este tipo?”.
Uno llega a escuchar tanto que cree que eso que algunos llaman “capacidad de asombro” es un músculo cansado que ya no responde a los estímulos externos.
Sin embargo, tanto me atrae la obra de Sabina que no pude resistir la tentación de conseguir por todos los medios el disco, incluso antes de que se editara en Buenos Aires.
Porque si hay que nombrar a un autor que sintetice en toda su obra las dos corrientes principales del verbo cantado, es decir, la poesía de libros y la juglarezca, hay que decir Joaquín Sabina.
Como si hubiera empalmado el Nilo y el Amazonas en un nudo, Sabina ha logrado converger en un solo y tumultuoso caudal toda la lírica de la era moderna; desde Quevedo hasta César Vallejo, pasando por José Alfredo Jiménez, Leonard Cohen, Discépolo, Dylan, Brel, Lennon y Serrat.
Una especie de “Aleph” de la canción.
También supe de antemano algunos detalles de cómo se gestaron los textos escritos con Benjamín Prado, por lo que dejé de lado mi apatía y le di lugar a la curiosidad.
Hice bien, porque afortunadamente, el músculo sabinesco no duerme ni descansa. He escuchado una y otra vez con atención y detenimiento todas las canciones del CD, desde el primero hasta el último track, y a diferencia de algunos críticos españoles (que no han ocultado su acostumbrada mezquindad), “Vinagre y rosas” me parece un maravilloso trabajo.
Para quienes no lo conocen, Benjamín Prado es un poeta y novelista madrileño que ya había colaborado con Sabina en “Cuando aprieta el frío”, (El hombre del traje gris -1988):

“Viajero que regresas a esa ciudad del norte
donde una dulce nieve empapa la razón,
donde llegan los barcos cargados de preguntas
a muelles laboriosos como mi corazón (…)”

Pasaron más de dos décadas y juntos, Sabina y Prado, huyeron por unos días a República Checa. El primero, a buscar algo que por ahora no encuentra en las delicias burguesas de su renovada vida sentimental. El otro, a expurgar sus penas por una mujer que no hace mucho lo hirió de abandono.
Para especial interés de los que escribimos canciones, el mismo Prado cuenta en su libro Romper una canción de reciente edición, (Aguilar, 1ª ed., Buenos Aires), de qué manera uno y otro, pelearon desde sus respectivas trincheras cada coma de cada verso de cada canción.
Allí están también, reflejadas las horas de expansión, las discusiones, las anécdotas en general, más una deliciosa mirada de Praga, la ciudad que los inspiró en “Cristales de Bohemia”.
La reconstrucción que hace Prado del diálogo con el que se fueron ensamblando los andamios de esta canción merecería formar parte del material de estudio de cualquier taller de letras.
Melancólica, contrastante, imprevisible, gratamente melodiosa, “Cristales de Bohemia” es en mi modesta opinión lo mejor de todo el álbum.
Una verdadera “canción de desamor”, como dice el mismo Sabina.

Cristales de Bohemia
(Letra: Joaquín Sabina / Benjamín Prado – Música: Pancho Varona / Antonio García de Diego)

Vine a Praga a romper esta canción
por motivos que no voy a explicarte,
a orillas del Moldava
las olas me empujaban
a dejarte por darte la razón.

En el Puente de Carlos aprendí
a rimar cicatriz con epidemia,
perdiendo los modales:
si hay que pisar cristales,
que sean de bohemia, corazón.

¡Ay, Praga…, Praga, Praga!
Donde el amor naufraga
en un acordeón.
¡Ay, Praga, ¡Darling Praga!
Los condenados pagan
cara su redención.

¡Ay, Praga…, Praga, Praga!
Dos dedos en la llaga
y un santo en el desván.
¡Ay, Praga!, ¡Darling Praga!
La luna es una daga
manchada de alquitrán.

Vine a Praga a fundar una ciudad
una noche a las diez de la mañana,
subiendo a Mala Strana,
quemando tu bandera
en la frontera de la soledad.

Otra vez a volvernos del revés,
a olvidarte otra vez en cada esquina,
bailando entre las ruinas
por desamor al arte
de regarte las plantas de los pies.

¡Ay, Praga, Praga… Praga!
donde el amor naufraga
en un acordeón.
¡Ay, Praga!, ¡Darling Praga!
los condenados pagan
cara su salvación.

¡Ay Praga…, Praga, Praga!
Donde la nieve apaga
las ascuas del tablao.
¡Ay, Praga!, ¡Darling, Praga!
Lágrima que se enjuaga
en Plaza Wenceslao.

¡Ay, Praga…!, ¡Praga, Praga!,
Dos dedos en la llaga
y un santo en el desván.
¡Ay, Praga!, ¡Darling Praga!,
La luna es una daga
manchada de alquitrán.

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martes, 22 de diciembre de 2009

Aquellas hermosas canciogasiones (O cuando Rosario fue la capital de Buenos Aires)


Mis primeras imágenes de Rosario son, allá en un tiempo ahora lejano, una estación de tren y la calle Cafferata en dónde el tío Natalio tenía una colchonería.
“Todos somos hijos de la historia”, decía alguien. Hijo, o mejor dicho nieto de “rusos” chacareros, a mí la historia me parió porteño por culpa y gracia de mi abuelo materno. Sus cuatro hermanos inmigrantes habían echado rápidamente raíces en las quintas de Funes y en los distintos barrios rosarinos, pero mi abuelo encalló su barco en los conventillos de San Cristóbal y en los cabarutes de 25 de Mayo, por lo que cada vez que teníamos que ir a visitar a nuestra parentela, al abuelo había que desamarrarlo del Obelisco.
Pero era cuestión de subirse al tren en Retiro y apuntar nomás la proa para el lado de Rosario.
Luego llegaron los años de la adolescencia, el abuelo partió de nuevo, pero esa vez nunca más lo volvimos a ver. Y así Rosario me quedó en la postal de las pibas del barrio Etchesortu, en las ásperas tenidas futboleras, y en el orgullo malevo de la “otra” ciudad con cicatriz de puerto.
En fin, pasaron los años de ese tiempo inocente y la vida me encontró con el pelo rapado y un fusil en la mano jugando a los soldaditos en la VII Brigada Aérea de Morón. Mientras los milicos preparaban su disparatada incursión en Malvinas, los colimbas cantábamos en las rondas de pan duro y mate cocido el “…y rasguña las piedras”, o el más inextricable aún “jugo de tomate frío…”. Terminé el servicio militar y al año estalló la guerra, pero la canción ya no era la misma.
Exhaustos y desorientados por tantos años de prohibiciones, hurgábamos las huellas de una edad robada en un repertorio un tanto críptico, legado de los años ’70. Pero la canción ya no era la misma. ¿Cómo entender que Manal, Spinetta, Charly, el mismo León Gieco, comenzaran de pronto a sonar en la radio con natural cotidianeidad?. Difícil.
Para algunos, el rock nacional ya no tenía razón de ser si ya no pertenecía al territorio exclusivo del culto. Para otros, había que salir de la secta, de los sótanos y sumarse a la gente, agrandar los horizontes, admitir otras posibilidades que excedieran al rock. Era el momento de cantar una que sepamos todos che.
Entonces, la voz cantante llegó de Rosario, igual que en los ‘60 con Los Gatos de Nebbia. Un tal Baglietto le anunciaba a Mirta que alguien estaba de regreso. Era en Abril, y a un año, todavía resonaban los acordes del bombazo que hundiera al Belgrano en los oídos de nuestra inconciencia colectiva. Necesitábamos respuestas, palabras que hablaran de nosotros. No bastaba con sólo pedirle a Dios.
A decir verdad, casi nadie reparaba en si los desconocidos que figuraban en la contratapa del long play como los autores de los temas eran rosarinos u oriundos de la Puna de Atacama. Poco importaba ese detalle desde nuestra cosmovisión porteñocentrista. Lo que importaba era volver a cantar. Sin embargo, esos apellidos fueron instalándose de a poco en cada uno de nosotros. Fandermole, Abonizio, Goldín, de los Santos. No estábamos acostumbrados a la figura del intérprete en el rock. - ¿Qué es eso de cantar temas de otros?-.
Pero pronto comprendimos que esos pajueranos no se andaban con chiquitas. Con el susodicho Fandermole, un paisano de metáforas llevar (“Sabes hermano lo triste que estoy, / se me ha hecho un duelo de trinos y sangre la voz”), comenzamos a recuperar ese regodeo con el universo interior de la poesía. Goldín proclamaba su lograda preposición onírica: “Dulce pájaro, / mirada de volcán”. Y el Adrián Abonizio nos resfregaba su épica de antihéroes casi criollos, casi tangueros, al son de sus historias de perdedores: “(…) para el que vuelve del infierno / ya no hay más fantasías, / sólo existe un tiempo blando.”
Después Fito confesaba que era del ´63. (Yo soy del ’61), pero todo me era familiar: Kennedy, Vietnam, el golpe del ’76, Lennon… “¿Qué pasa en la Tierra / que el cielo es cada vez más chico? . Pero… ¡Oia! ¿¡Estos tipos escuchan a Discépolo!? : “La Tierra está maldita / y el amor con gripe, en cama. / La gente en guerra grita,/ bulle, mata, rompe y brama.” (-¿Qué sapa Señor?-, Enrique Santos Discépolo).
A propósito: ahora que pasaron los años y ya estoy en edad de contar los heridos, los muertos y los que quedamos en pie, sospecho que esos provincianos de ciudad que arremetieron allá por los ’80 tuvieron algo que ver con el lento rescate que los jóvenes de aquella época comenzáramos a hacer de la lírica del tango. Al fin y al cabo, todo lo importante que le sucedió a la música de Buenos Aires, comenzó primero por suceder lejos de Buenos Aires.
Nos acercábamos a los treinta, el tango nos acechaba detrás de cada herida absurda. Mientras tanto, yo le afanaba a un amigo la “Canta Rock” para aprenderme los acordes de El témpano. No era cuestión de perder el tren con las minitas. Ya no éramos adolescentes.
La canción ya no era la misma, venía de otra ciudad, de otras quemaduras de asfalto. Con olor a pucho, con cielo de pampa.
Por eso, de vez en cuando, me da por enchufar mi destartalado Winco para recordar aquellos viejos tiempos difíciles y bellos escuchando esas canciones que nos hicieron cantar una década más.
Y juro que se me cae un lagrimón.
Todavía me emocionan ciertas cosas.

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domingo, 20 de diciembre de 2009

Soplando en el viento


El mismo León Gieco reconoció en público alguna vez con inocultable sinceridad, que su primera canción (“Hombres de hierro”) era algo así como un “robo” de “Blowin in the wind”.
Mi hijo Julián me ha hecho notar también, y para mi sorpresa, que la banda argentina Los Guasones, es beneficiaria de algunos “afanos” por el estilo perpetrados contra las canciones de Dylan.
Otro tanto, me parece a mí, le corresponde a Andrés Calamaro, y no creo que a él lo ofenda esta imputación, sino todo lo contrario.
Salvando las distancias, se ha llegado a decir lo mismo de John Lennon, sobre todo del Lennon que quedó perplejo y turbado luego de escuchar en 1965 el estreno de “Like a rolling stone”.
Joaquín Sabina, por ejemplo, asegura que la mejor canción del siglo XX es para él, (y lo dice sin dudar), “Knocking on heavens door”. Tanto, que en una de sus últimas presentaciones pudimos oír la introducción instrumental de aquel tema, (maravilloso por cierto) haciendo las veces de prólogo de “¿Quién me ha robado el mes de abril?, (otro maravilloso tema también, en este caso cien por cien made in Sabina).
En fin, se ha dicho y se dirá utilizando más ejemplos, que Bob Dylan ha sido el más influyente de todos los cantautores surgidos a partir de la década del ’60 a la fecha.
Me cuesta mucho elegir entre “The times are a changing”, “Mr.Tambourine man”, “Tangled up in blue”, “Subterranean homestick blues” y ese estremecedor monumento llamado “A hard rain´s a gonna fall”, mezcla de canción y de poema imprescindible, escrita por un autor que en ese momento no superaba aún la frontera de los veintidos años.
Asombroso.
No tengo por qué dudar de un maestro como Sabina, pero con todo respeto, para mí la más hermosa canción de Bob Dylan es precisamente “Blowin in the wind”.
Pienso que el elemento más inquietante de “Blowin in the wind” es la interrogación poética.
(“¿Dónde estará mi arrabal?, ¿Quién se robó mi niñez…?”; “¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste?”. Interpelaciones más cercanas para nosotros que refuerzan con vigor expresivo el sentimiento del poeta).
Eran tiempos aquellos de grandes alamedas que se abrían al porvenir de la utopía y un Dylan prematuramente atribulado preguntaba también:

“How many roads must a man walk down
before you call him a man?
How many seas must
a white dove sail
before she sleeps in the sand?
How many times
must the cannon balls fly
before they're forever banned?”(*)

(*) (“¿Cuántos caminos debe andar un hombre antes de que le llaméis hombre?.¿Cuántos mares debe surcar la paloma blanca antes de poder descansar en la arena?. ¿Cuánto tiempo deben volar las balas de cañón antes de que sean prohibidas para siempre?”)


A Dylan lo ofendió siempre que se lo considerara un cantante de protesta.

“No me insultes diciéndome que soy una persona con mensaje. Mis canciones no son más que un diálogo conmigo mismo”.
"Una canción es una experiencia: no hay necesidad de entender las palabras para entender la experiencia. Intentar entender el significado completo de las palabras puede destruir el sentimiento de la experiencia como un todo".

Extraordinario. Imposible de encontrar en ningún manual de perceptiva.
La colosal brecha que existe entre la obra de arte y el infortunado panfleto, reside en que la primera no pretende dar respuestas a un conflicto determinado. Todo lo contrario diría yo: una canción auténtica y superior expone un conflicto donde nadie lo suele visualizar para dejar miles de respuestas pendientes.

“The answer, my friend,
is blowin' in the wind,
The answer is blowin' in the wind”. (**)

(**) (“La respuesta, amigo mío, está soplando en el viento, la respuesta está soplando en el viento.”)


Cada vez que escucho “Blowin in the wind”, su dulcísima melodía me conduce, como en un film, por una sucesión de imágenes que me llevan en un recorrido imaginario por los acontecimientos más importantes de la década del ´60. Desde las protestas contra la guerra de Vietnam, la segregación racial en los EEUU, el Mayo francés, hasta el asesinato del Che.
Será la nostalgia o será que todos los caminos conducen a Dylan.

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domingo, 13 de diciembre de 2009

Pasaron las grullas...


"Se necesitan verdades acerbas, medicamentos amargos…”
(Mijaíl Lermontov, poeta ruso, 1814-1841)

Napoleón sospechaba que “algo más” acompañaba al soldado ruso en el combate. Una especie de “doble” irreductible, un alma imposible de vencer.
Lo mismo habrán pensado las numerosas divisiones del ejército nazi que sucumbieron sin haber logrado quebrantar la resistencia de las tropas soviéticas y del pueblo de Stalingrado en la cruentísima batalla que decidió el curso de la historia y el destino de la humanidad.
Precisamente, la Gran Guerra Patria, como la siguen recordando en Rusia, no solamente ha dejado una huella imborrable en la memoria de esa nación, sino que también ha contribuido a alimentar el mito y la leyenda de eso que llaman el “alma rusa”.
Difícil de explicar, el nervio principal del alma rusa posee un aspecto relacionado directamente con la tristeza como tránsito de expiación y fortalecimiento del espíritu.
“¡Ay, Dios mío! ¡Qué triste es nuestra Rusia!”, se le escuchó decir a Aleksander Pushkin luego de leer el primer capítulo de Almas Muertas, la obra cumbre de Nikolai Gógol.
Se me ocurre ahora que por desconocimiento o por malicia, se dice muchas veces que el tango es triste, como si el género se hubiera apropiado de una característica especial que lo rebaja o lo pondera en un lugar inferior.
Se ignora también que la tristeza en sus distintas formas, (la nostalgia, la melancolía, el desgarramiento, el destierro, etc.) es una de las manifestaciones más frecuentes y perceptibles del arte universal .Una vía libre hacia la catarsis y hacia las grutas interiores del devenir reflexivo, propio de la condición humana.
Pero el asunto es que si hubiera una competencia de canciones tristes pues, no creo que ninguna le gane a “Zhuravlí” (Las grullas), del poeta Rasul Gamzatov y el músico Yan Frenkel. Ni siquiera el más mustio de los tangos que el lector pueda imaginar o conocer.
De una belleza superior, “Zhuravlí” , como toda gran canción, es una preciosa alhaja en miniatura. Construida con sólo cuatro estrofas regulares, cuenta además con una mínima y afligida frase melódica, una especie de murmullo que hace las veces de puente o estribillo.
La vigencia y la popularidad de Zhuravlí en toda Rusia, está relacionada fundamentalmente a un hecho cinematográfico (“Pasaron las grullas”, del director Mijaíl Kalatazov, quien llegó a la consagración en Cannes en 1957) y una leyenda que da origen, tanto al film como a la canción.
Cuenta esa leyenda que las almas de los cientos de miles de soldados que morían en combate durante el desarrollo de la guerra, regresaban a sus hogares como las grullas que migran del oeste al este. (La metáfora establece un símil entre el dibujo en cuña de la bandada con la simetría de las formaciones militares).
He intentado desembarazarme del eco acusatorio y persistente de esa voz que me repite al oído una y otra vez - traduttore, traditore!!, pero cuanto más me adentro en el idioma ruso, más considero inapropiado traducir al español poesía escrita en esa lengua.
La literalidad de la traslación destruye el lenguaje poético y la adaptación, la intención del poeta.
De cualquier manera decidí, para que el lector tuviera una breve aproximación, traducir los primeros cuatros versos, tratando de conservar el espíritu del texto, adaptando lo menos posible, sin recurrir a la rima ni respetar la métrica original:

"A veces pienso que los soldados
no regaron con su sangre los campos
ni jamás cayeron en la tierra nuestra:
ellos regresan como grullas blancas…"


De sus versiones originales, diré que la más importante es la de Mark Bernés, un ícono de la canción popular en los tiempos soviéticos.
Han sumado también versiones memorables Iosiff Kobson, Muslim Magovaev y el mismo Yan Frenkel.
Dejé la mención final para la que creo es, la más conmovedora e insuperable de todas: la del barítono Dmitri Hvorostovsky.
Una medicina amarga. Una dosis espesa y profunda del alma rusa.
Se recomienda.



Algunos links de Youtube donde se puede escuchar “Zhuravlí”:

http://www.youtube.com/watch?v=yB1J7JBszys

http://www.youtube.com/watch?v=yuJrUxJ8mqA

http://www.youtube.com/watch?v=FMhx8G4POjw

http://www.youtube.com/watch?v=M-i8-gmHl8o

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Odnazhdi (Érase una vez)

“¡Dios mío! ¡Qué triste es nuestra Rusia!” (Aleksandr Sergeievich Pushkin) Q UE MOSCÚ ESTÁ CUBIERTO DE NIEVE Me han dicho que...