domingo, 27 de diciembre de 2009

Joaquín y Benjamín, poetas consonantes


Confieso que no esperaba demasiado de “Vinagre y rosas”, el último disco de Joaquín Sabina.
No porque considerara que su inspiración estuviera agotada, para nada. Pero pensaba yo: “-¿Con qué más me puede sorprender este tipo?”.
Uno llega a escuchar tanto que cree que eso que algunos llaman “capacidad de asombro” es un músculo cansado que ya no responde a los estímulos externos.
Sin embargo, tanto me atrae la obra de Sabina que no pude resistir la tentación de conseguir por todos los medios el disco, incluso antes de que se editara en Buenos Aires.
Porque si hay que nombrar a un autor que sintetice en toda su obra las dos corrientes principales del verbo cantado, es decir, la poesía de libros y la juglarezca, hay que decir Joaquín Sabina.
Como si hubiera empalmado el Nilo y el Amazonas en un nudo, Sabina ha logrado converger en un solo y tumultuoso caudal toda la lírica de la era moderna; desde Quevedo hasta César Vallejo, pasando por José Alfredo Jiménez, Leonard Cohen, Discépolo, Dylan, Brel, Lennon y Serrat.
Una especie de “Aleph” de la canción.
También supe de antemano algunos detalles de cómo se gestaron los textos escritos con Benjamín Prado, por lo que dejé de lado mi apatía y le di lugar a la curiosidad.
Hice bien, porque afortunadamente, el músculo sabinesco no duerme ni descansa. He escuchado una y otra vez con atención y detenimiento todas las canciones del CD, desde el primero hasta el último track, y a diferencia de algunos críticos españoles (que no han ocultado su acostumbrada mezquindad), “Vinagre y rosas” me parece un maravilloso trabajo.
Para quienes no lo conocen, Benjamín Prado es un poeta y novelista madrileño que ya había colaborado con Sabina en “Cuando aprieta el frío”, (El hombre del traje gris -1988):

“Viajero que regresas a esa ciudad del norte
donde una dulce nieve empapa la razón,
donde llegan los barcos cargados de preguntas
a muelles laboriosos como mi corazón (…)”

Pasaron más de dos décadas y juntos, Sabina y Prado, huyeron por unos días a República Checa. El primero, a buscar algo que por ahora no encuentra en las delicias burguesas de su renovada vida sentimental. El otro, a expurgar sus penas por una mujer que no hace mucho lo hirió de abandono.
Para especial interés de los que escribimos canciones, el mismo Prado cuenta en su libro Romper una canción de reciente edición, (Aguilar, 1ª ed., Buenos Aires), de qué manera uno y otro, pelearon desde sus respectivas trincheras cada coma de cada verso de cada canción.
Allí están también, reflejadas las horas de expansión, las discusiones, las anécdotas en general, más una deliciosa mirada de Praga, la ciudad que los inspiró en “Cristales de Bohemia”.
La reconstrucción que hace Prado del diálogo con el que se fueron ensamblando los andamios de esta canción merecería formar parte del material de estudio de cualquier taller de letras.
Melancólica, contrastante, imprevisible, gratamente melodiosa, “Cristales de Bohemia” es en mi modesta opinión lo mejor de todo el álbum.
Una verdadera “canción de desamor”, como dice el mismo Sabina.

Cristales de Bohemia
(Letra: Joaquín Sabina / Benjamín Prado – Música: Pancho Varona / Antonio García de Diego)

Vine a Praga a romper esta canción
por motivos que no voy a explicarte,
a orillas del Moldava
las olas me empujaban
a dejarte por darte la razón.

En el Puente de Carlos aprendí
a rimar cicatriz con epidemia,
perdiendo los modales:
si hay que pisar cristales,
que sean de bohemia, corazón.

¡Ay, Praga…, Praga, Praga!
Donde el amor naufraga
en un acordeón.
¡Ay, Praga, ¡Darling Praga!
Los condenados pagan
cara su redención.

¡Ay, Praga…, Praga, Praga!
Dos dedos en la llaga
y un santo en el desván.
¡Ay, Praga!, ¡Darling Praga!
La luna es una daga
manchada de alquitrán.

Vine a Praga a fundar una ciudad
una noche a las diez de la mañana,
subiendo a Mala Strana,
quemando tu bandera
en la frontera de la soledad.

Otra vez a volvernos del revés,
a olvidarte otra vez en cada esquina,
bailando entre las ruinas
por desamor al arte
de regarte las plantas de los pies.

¡Ay, Praga, Praga… Praga!
donde el amor naufraga
en un acordeón.
¡Ay, Praga!, ¡Darling Praga!
los condenados pagan
cara su salvación.

¡Ay Praga…, Praga, Praga!
Donde la nieve apaga
las ascuas del tablao.
¡Ay, Praga!, ¡Darling, Praga!
Lágrima que se enjuaga
en Plaza Wenceslao.

¡Ay, Praga…!, ¡Praga, Praga!,
Dos dedos en la llaga
y un santo en el desván.
¡Ay, Praga!, ¡Darling Praga!,
La luna es una daga
manchada de alquitrán.

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1 comentario:

  1. Soy Español y fan de Sabina. No me gustó demasiado Vinagre y Rosas, me parece que musicalmente está perdiendo aunque los textos sigan siendo en muchos casos brillantes. Un saludo.

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