sábado, 16 de julio de 2011

Lo que ya no tiene nombre


Érase una vez en mi pueblo que un señor de toga y martillo a quien todos llamaban juez, condenó a un hombre por decir la verdad.
A decir verdad, decir sencillamente la verdad, era para él llamar a las cosas por su nombre.
Al pan, lo llamó pan. Y al vino, lo llamó vino.
Pensándolo mejor, no hago más que repetir lo que todos ya conocen.
Sin embargo y ahora que lo pienso, la gente de mi pueblo no ha hecho otra cosa que repetir por décadas lo que pregonan los diarios, los locutores de la radio local, el cura, la maestra, el sargento de policía, y todos sin advertir el engaño.
Primero fue el cura, que al beso lo llamó pecado.
Después llegó la maestra, y al traidor lo llamó héroe.
Algunos no les creyeron, pero el sargento dijo basta, y todos entendieron que estaba diciendo muerte.
Los locutores se asustaron, pero al miedo lo llamaron sentido común.
Después vinieron los diarios, la radio, la televisión y contaron la noticia como siempre suelen hacerlo.

Ahora, yo que apenas conozco una pocas palabras, escribo estas líneas en voz baja porque no quiero ser el hombre aquel que fue condenado por decir sencillamente la verdad.
Es decir, lo que ya no tiene nombre.

domingo, 26 de junio de 2011

El ser o no ser de Luigi Tenco


“¿Quién aguantaría los ultrajes y desdenes del mundo, la injuria del opresor, la afrenta del soberbio, las congojas del amor desairado, las tardanzas de la justicia, las insolencias del poder y las vejaciones que el paciente mérito recibe del hombre indigno, cuando uno mismo podría procurar su reposo con un simple estilete?”
(“Hamlet”, William Shakespeare)

“Pensé en no verte y temblé”
(“Malevaje”, de Enrique Santos Discépolo)


Cuando allá por diciembre de 1965 Juan Carlos Mareco abrió la noche de “Casino Philips” en el viejo Canal 13 anunciando la presentación de Luigi Tenco, casi nadie o muy pocos, advirtieron que aquel italianito tímido, de aspecto gris y mirada melancólica oriundo del Piamonte, se convertiría muy pronto en un mito trágico y probablemente para quien escribe estas líneas, en la figura más importante de toda la canción italiana de post guerra.
Aquella fue la primera, y resultó ser la única vez, que Luigi Tenco se presentó en la Argentina.
Como tantas paradojas que suceden en este bendito país, el hombre pasó por Buenos Aires casi sin pena ni gloria, eclipsado acaso por la fiebre nuevaolera y las modas que imponía por aquel entonces ese particular mosaico de talentos diversos que era El Club del Clan.
Antes de ser quien fue, Luigi Tenco quiso ser (o de alguna manera lo fue) profesor de letras, sociólogo, ingeniero, actor de cine y saxofonista. Admiró a Charlie Parker y a Jerry Roll Morton. Pero se encontró consigo mismo y con su destino escribriendo canciones para los hombres, como diría Manzi.
Siempre a contramano, así como pasó inadvertido para los argentinos, jamás se amoldó del todo a la estética de la televisión italiana. Mucho menos a la parafernalia festivalera de la RAI, cuyo santuario era sin dudas San Remo, tumba fatídica en donde decidió una noche de 1967, luego de ser eliminado por tercera vez, (porque al decir de un jurado “sus canciones eran muy difíciles”), terminar con su vida en la habitación 219 del Hotel Saboya.

“Hago esto porque he dedicado 5 años de mi vida para el público italiano inútilmente (...) Hago esto no porque estoy cansado de la vida , sino como señal de protesta (...)”.

Luigi Tenco vivió y murió como un personaje de Goethe o de Turgueniev. Podría decirse que aquel acto desesperado le dio a su obra la gloria que sus versos buscaron empecinadamente hasta el final de su vida, cuando apenas contaba con 29 años. Algo así como la materialización siniestra de aquellos consejos que en forma de coplas Manuel Machado le dedicó a Nicolás Guillén:

“Procura tú que tus coplas
vayan al pueblo a parar,
aunque dejen de ser tuyas
para ser de los demás.

Que al fundir el corazón
en el alma popular,
lo que se pierde de nombre
se gana de eternidad.”


Pensándolo mejor, Luigi Tenco transgredió aquella exhortación de Machado. Tanto es así, que pretendió ir más allá de las fronteras del anonimato para, directamente, dejar de ser.
Tan irrebatible como la muerte, también hay que admitir con amargura, que es cierto que su inmolación logró sacudir la indifencia del público y que su obra comenzó a ser cantada no solamente por los grandes intérpretes italianos de entonces, sino por los de todo el mundo.
Como siempre sucede con los mitos, a partir de las circunstancias de su vida, podrían escribirse decenas de artículos. Su infancia sin padre, su adolescencia errática o sus amores tortuosos, han sido una y otra vez motivo de especulaciones a la hora de analizar por qué el hombre se lleva una pistola a la sien y aprieta el gatillo.
Pero detenerse allí sería desatender que sus canciones en general, pero en especial ese tríptico sublime que aborda el tema del amor como fatalidad, integrado por “Mi sono innamorato di te”, “Ho capito che ti amo” y “Piú mi innamoro di te e meno tu mi ami”, bastan para concederle la gloria que muchos buscan denodadamente y no la alcanzan, aunque vivan 120 años. Y eso sin mencionar en un párrafo aparte a “Vedrai vedrai”, en cuya temática subyace un inusual enfoque (sutilmente social) del tema del desamor y del hastío entre un hombre y una mujer que, me animo a decir, sólo muy pocos poetas, (incluso del tango), han logrado cristalizar en una letra con tanta belleza.
Sin embargo, quiero confesar que esta brevísima semblanza es de alguna manera una excusa o una digresión para hablar principalmente, y ya que la mencioné, de “Ho capito che ti amo”, su obra más cantada.
Algunas veces, no muchas, en la letra de una canción se cruzan vectores cuyos puntos de partida son impensados. Rectas o diagonales que el autor a veces traza sobre la hoja sin darse cuenta, acaso porque está ungido con esa materia indescifrable y perpetua que es el Misterio.
Como dijimos, “Ho capito che ti amo”, retoma el tema del amor como fatalidad.
Al escucharla una vez más, se me ocurre (y por qué no) que de pronto el mismísimo Jorge Luis Borges comienza a transitar a paso lento por las veredas tantas veces transitadas por otros poetas y ahora por Tenco:

“E pensare / che poco tempo prima / parlando con qualcuno / mi ero messo a dire / che oramai / non sarei più tornato / a credere all'amore a illudermi a sognare / Ed ecco che poi (...)”

Imposible eludir la resonancia borgeana:

“Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir. / Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. / La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.” (El amenazado, J.L.B.)

Por lo menos a mí no me deja de asombrar. No se si al lector, espero que sí.
Y si aún eso no lo conmueve, qué me dirán de estos versos, acaso los más desamparados y al mismo tiempo románticos de toda la literatura del tango, del varón que no puede sino admitir la desdicha de perder la noción de su entidad como sujeto, y todo por culpa del amor:

“Me vi a la sombra o finao,
pensé en no verte y temblé.
¡Si yo que nunca aflojé
de noche angustiao
me encierro a llorar...!”


Dejé para el final, y por eso alteré de modo deliberado la sucesión de las partes de "Ho capito che ti amo", porque encuentro en su primera estrofa una vuelta de tuerca y una traslación superlativa de aquella de Discépolo:

“Ho capito che ti amo
quando ho visto che bastava un tuo ritardo,
per sentir svanire in me l'indifferenza,
per temere che tu non venissi più (...)” (!!!!)


Pensé en no verte y temblé...

No hace mucho le hice esta misma observación a Fabrizio Pieroni, un músico italiano que desde un tiempo reside en Buenos Aires. Una vez que pudo reponerse del pasmo y de la fascinación del descubrimiento me dijo algo que yo mismo desconocía: “-... Luigi Tenco seguramente sabía de la obra de Discépolo. Era un artista muy inquieto, se la pasaba escuchando y leyendo...”

Si es así pienso, lejos de aquel estruendo que puso fin a tanto talento en un solo segundo, y ahora que su obra adquiere con el tiempo una dimensión cada vez mayor, si antes de morir Luigi Tenco acaso no recordó en un sólo ejercicio de memoria, la voz de aquel joven príncipe de Dinamarca que atribulado se preguntaba por qué la gente mala vive Dios mejor que yo.


miércoles, 2 de marzo de 2011

"Recalada", de Néstor Basurto - Un disco para náufragos (de la madrugada)


“Estamos desnudando el alma a tangos,
curtiéndola de aguantes en el cuero,.
cargándonos la noche a contrasueño
como si fuéramos los últimos tangueros...”



No está demás, por preliminar y necesario, aclarar que la expresión recalada tiene en origen una correspondencia directa con el léxico de la marinería.
En una asombrosa sucesión de incorporaciones, el habitante de la ciudad de Buenos Aires, - acaso por su personal vínculo con el puerto -, se ha dedicado a prohijar muchas de esas voces procedentes de ultramar, no solamente con el afán de apoderarse de ellas, sino para ajustarlas a un sentido alegórico que le resultase más próximo.
Caer, aterrizar, atracar, anclar, funcionan desde hace mucho y con hábito de continuidad, como sustituciones de algo así como "llegar uno, con o sin aviso," a un lugar donde seguramente será bienvenido y se sentirá parte de un convite amistoso.
La Recalada más famosa de Buenos Aires funcionó entre 1983 y 2003 aproximadamente, en el ya legendario Café Homero de la calle Cabrera 4946, con el exclusivo gobierno del fueye que blandía Rubén Juárez.
A la misma hora en que el programa principal concluía y cuando el grueso del público se retiraba, a modo de "tercer tiempo" comenzaban a "recalar" en torno al Negro Juárez los amigos, los conocidos, los desconocidos, cantores profesionales, amateurs, en fin, todo aquel que tuviera ganas de evadirse de toda noción de espacio y tiempo, tal vez con el desprevenido propósito de fondear su existencia entre las copas de whisky y en la modulación íntima de los tangos que cualquiera quisiera entonar de cara a ese clan secreto de insomnes.
En aquellos años referidos, algunas veces, no muchas, de la mano de Pepo Ogivieki o de José Ángel Trelles, tuve la oportunidad de ser testigo y participar de aquellas memorables recaladas del Café Homero.
De esos afortunados encuentros nació el numen que suministró fundamento a los primeros esbozos de una letra que al terminarla le di sin mayor imaginación y consecuentemente el nombre de “Recalada”; letra que algunos años más tarde Raúl Luzzi y Néstor Basurto completaran musicalmente con su clase y su inspiración.
A decir verdad, Néstor Basurto ya venía prefigurando un disco desde hacía mucho.
Un día de mayo de 2006 llegó a mi casa por primera vez y apenas me habló, comenzó a apabullarme con su proyecto.
Por supuesto que yo sabía bien quién era Néstor Basurto. Desde luego, lo admiraba por su trayectoria y por su talento. Pero recuerdo que en aquella ocasión le advertí que no era tan fácil para mí escribir una letra a la primera cebada de mate.
No le importó demasiado. Siguió hablando, me contó algunas historias, y con ello, me dio argumento para dos o tres letras que, para mi propio asombro (y el de él), escribí años después.
En aquel momento tenía en mi bolsillo uno o dos bocetos en los que venía trabajando con los que resolví "probarlo" con moderada malicia.
El resultado fue que me devolvió una zamba y un vals que me encantaron de entrada. Me tapó la boca. Al poco tiempo hicimos juntos un tango a partir de una estrofa que escribí en su casa y más tarde me desafió con un par de melodías que al desgrabarlas en el papel me daban un “monstruo” indescifrable para mí, y creo que para cualquier letrista.
Acepté la bravata, recogí el guante y le devolví “Madrigal de ausencias” y “Milonga para Pablo” sin tocarles una sola sílaba.
Posteriormente vinieron otras, pero nuestra yunta como autor y compositor ya estaba encaminada.
Aunque pertinente en este caso, reconozco que sería muy egoista si continuara hablando de mi vínculo creativo con Néstor. (Comprenda el lector que es muy difícil comentar un disco desde adentro).
Admitiendo esto último y más allá de todo dictamen barnizado de parcialidad, puedo decir que “Recalada” más que un trabajo discográfico, es un milagro en el que Néstor ha logrado unificar la prodigiosa trinidad de sus artes: cantor templado, refinado melodista , arreglador y guitarrista sorprendente.
En este ritual profundo y melancólico que él propone y rubricando esta bienaventurada convocatoria, hay que subrayar que no por casualidad comparecen a su llamado desde algún lugar del cosmos, Hamlet Lima Quintana, Emilio De La Peña y el mismísimo Rubén Juárez.
Para no inducir con adjetivaciones innecesarias, quiero dejar para la sorpresa del oyente la enumeración de otros apellidos no menos relevantes y que también forman parte de esta misa clandestina, sentimental y profunda. Me reservo sus nombres y sus correspondientes ponderaciones porque vale la pena que el mismo oyente los descubra.
Recalada es un disco que merece ser escuchado en sus 18 surcos (vocablo antiguo si los hay, pero mucho más noble que el angloide “track”) con la misma fruición de aquellos náufragos noctámbulos embriagados de splin que se reunían en el Café Homero.
No se si con el tiempo “Recalada” se convertirá en un clásico de la música argentina o se perderá en el archivo de las injusticias con las que apuñalan la indiferencia o el olvido, pero estoy seguro que cualquiera que tenga en sus manos este disco se encontrará con una producción artística encomiable.
Más no puedo decir.
Lo demás, Dios (el público) dirá...