sábado, 26 de septiembre de 2015

Reportaje a Héctor Negro

Allá por agosto de 2006, visité a Héctor Negro.
A Héctor lo estaban por distinguir con un reconocimiento en la Academia Nacional del Tango y había llegado hasta su casa de la calle Holmberg porque una revista me había solicitado un reportaje que finalmente, nunca se publicó.
A pocos días de su partida y revisando viejas notas en archivos y en correos electrónicos, hallé casi providencialmente esta nota. Mientras iba releyéndola, confieso que por un momento perdí la noción de la realidad, casi sintiendo que estaba otra vez con Héctor, conversando en la mesa del Tortoni, escuchando sus anécdotas con asombro.
Hay fotos, papeles, borradores y archivos que duermen por mucho tiempo en los cajones o en las computadoras sin saber con qué sentido uno los guarda. He sentido pues, que algo parecido al destino me dice ahora que finalmente aquel diálogo merece ser publicado, al menos en mi blog, y que muchos estarán interesados en compartirlo. 
(Alejandro Szwarcman)


Creativo, inquieto, siempre curioso,  con la terquedad de los que no envejecen nunca, Héctor Negro va por la vida exhibiendo con orgullo una obra tan prolífica como profunda, tan vigente como inacabable. Corroborando su asombrosa plenitud, él mismo refiere una y otra vez la certera convicción de Romaind Rolland: “Cuando se es joven, se es joven hasta el final”.  
Tan imperecedero se lo advierte, que su trayectoria no parece admitir ningún tipo de segmentación en el tiempo. Aún así, semejante vínculo con la eternidad nos permite establecer un origen prematuro. Con sólo veinte años, allá por el ’54,  se unió con Juan Gelman, Hugo Di Taranto, Juan Hierba, Carlos y Jorge Somigliana, y con ellos fundó el mítico grupo de poesía “El Pan Duro”,  estableciendo como base operativa de esa incipiente cofradía el insomne Café Callao,  situado en Callao 11 y ya desaparecido. Tres años más tarde, en 1957, los versos de Bandoneón de papel , su primer poemario, daban a luz, o mejor dicho, “daban luz” a la ciudad que eligió para cantarle.                                                                                                               A cincuenta años de aquellos dos alumbramientos,  un grupo de personalidades de la cultura popular ha decidido aprovechar la ocasión para homenajearlo. El próximo lunes 7 de agosto a las 19:00, en la sede de la Academia Nacional del Tango Héctor Negro será reconocido por su trayectoria y mucho más con una especial distinción.                                                                                                                      Otro poeta,  Eugenio Mandrini, profetizó hace ya algunos años que “en 2007, es decir, cuando Bandoneón de papel haya cumplido el medio siglo, volveremos a estar aquí para hablar de lo mismo. ¿O alguno de ustedes creyó que la poesía  se rinde?”.
Estamos en el 2006. Héctor…¿Tu poesía no se rinde nunca?

Héctor Negro: - Como  escribí alguna vez en una canción: ”Ni débil, ni viejo./Ni solo, ni muerto./No te entregues nunca./Que se entreguen ellos...”(“No te entregues nunca”). Y si canto a la virtud de no entregarse, no rendirse, es porque creo que la vida es una lucha permanente. Y la poesía es vida, es decir la sustancia de la vida es la que la recorre y hace florecer a la poesía. La poesía no se rinde nunca, no se entrega, ella nos sobrevivirá. Por eso concluyo en “que se entreguen ellos...”, los enemigos de la poesía y de la vida.

Alejandro Szwarcman: - ¿Qué era “El Pan Duro”?

HN: - “El Pan Duro” fue un grupo (pero “sin grupo”) que formamos allá por el ‘54 unos poetas náufragos que nos conocimos en medio del proyecto de una revista que pretendía ser literaria y que nunca apareció. Nos empecinamos en no dispersarnos y ya que se nos negaba la posibilidad del papel impreso decidimos expresarnos a través del contacto directo con la gente. Y así salimos a recorrer los lugares más insólitos: bibliotecas populares, teatros independientes, patios de conventillo (especialmente en la Boca), sindicatos, iglesias, clubes (de fútbol y de barrio),dónde leíamos nuestra poesía y luego le pedíamos opinión a la gente. En esas recorridas nos dimos cuenta que necesitábamos (y deseábamos) publicar nuestros primeros libros y que la propia gente podía ayudarnos a financiarlos. Fue así que nos animamos a ofrecer en venta unos bonos que valían por el libro que alguna vez saldría, y que la gente, con su confianza en esos poetas que les parecían “distintos” a los de los suplementos literarios de los diarios, compraba con una fe que nos sorprendía. Así pudimos publicar el primer libro de la Colección “El Pan Duro”, que fue “Violín y otras Cuestiones” de  Juan Gelman, que apareció con prólogo de Raúl Gonzalez Tuñón, quien nos apadrinó y nos consiguió el prestigioso sello editorial de Manuel Gleizer que ya había dejado su actividad. Y así también apareció un año después mi “Bandoneón de Papel”, pero esa ya es otra historia...

AS: - ¿“Bandoneón de papel”, tu primer libro de poemas…

HN: - Así es…

AS: - ¿Fue la presentación anticipada de tu obra cancionística?

HN: -  En realidad no. Porque editábamos solamente poemas. Yo metí una milonga “de contrabando”, ya que en las lecturas de poemas yo mismo se la cantaba al público que se sorprendía con reacciones diversas. Pero el tono del libro es de canción. Eran poemas de barrio, del mundo y los personajes de la calle, con un lenguaje popular y directo dentro del nivel poético que nos exigíamos. El mismo Tuñón me aconsejaba que nunca abandonara mi lenguaje de tono popular, porque eso era lo que me distinguía.

AS: - Pavada de consejero…

HS: - Sí, la verdad que sí.

AS: - Sé también que tuviste un vínculo muy especial con Cátulo Castillo. Hablame un poco de él…

HN: - De las tantas cosas que podría contar de ese talentoso y admirado poeta del tango y de la vida, lo primero que debería hacer es reconocerle y darle gracias al destino el privilegio de haberlo conocido. El episodio que para mí seguramente es el más emocionante de todos mis recuerdos, es recordar el momento en que Susana Rinaldi grabó el poema que le escribí a Cátulo. Era la última sesión de grabación de un disco que ella le dedicó cantando su repertorio. Faltaban dos cosas: un tango y mi poema. Susana me invitó a la grabación y cuando llegué a la Sala me sorprendió la presencia del admirado poeta. Sentados fuera de la Sala escuchamos la versión del tango que era”Desencuentro” y luego vino la grabación de mi poema. Lo ví emocionarse a Cátul. Cuando terminó la grabación, entró a la sala abrazándola y besándola y le preguntó: “Quién escribió esto...?” Ella le  contestó: - “Ese  que estaba sentado al lado tuyo...”
Las demostraciones de agradecimiento y cariño fueron tan cálidas que yo llegué a  emocionarme tanto como él. Y desde allí  siguió habiendo entre nosotros (que ya nos conocíamos), un trato entrañable. No digo relación amistosa porque yo lo sentía inalcanzable, apenas  me consideraba un discípulo de él. Cátulo fue un verdadero maestro.

AS: - Vos no sos lo que se dice un artista sin opinión, sino todo lo contrario. Incluso, no descubro nada si digo que sos un tenaz defensor de la poesía ciudadana. ¿Cuán difícil resultaba ser letrista de tango en la década del ’60?

HS: - Mucho. Tanto, que yo publiqué otros libros de poemas antes de que me cantaran y grabaran un tango por primera vez. Tampoco era fácil que le publicaran poesía a un desconocido. En la década del ’60 casi no quedaban lugares donde se bailara tango y los cantores se refugiaban en boliches y cantinas donde nadie cantaba un tango nuevo, ya que todo lo que se recordaba pertenecía al caudal de éxitos de los ’40.  Acaso Julio  Sosa era uno de los pocos que competía en los escenarios importantes. Y Troilo, Pugliese y Salgán, a los ponchazos mantenían y acrecentaban el nivel de calidad del género, luchando ellos mismos  contra la falta de fuentes de trabajo y los criterios “seudocomerciales” de las grabadoras. Mientras tanto, el talento musical de Piazzolla comenzaba a no pasar inadvertido para los que no eran sordos ni insensibles, pero todavía el gran Astor estaba lejos de las letras y del tango cantado. Andar portando letras nuevas cerca de muchos tangueros tradicionales era como acercárseles con algo que podía “infectarlos”.  Sin embargo, sobre los finales de la década, luchando con empecinamiento, trabajo, inspiración y transpiración, comenzamos a derribar algunos muros y a perturbar algunos silencios negadores, acompañados por Eladia Blázquez, por el encuentro de Horacio Ferrer con Astor, el aporte de Chico Novarro más algunos otros que sumaron sus voces a un cancionero que comenzaba a dar señales que iba a dar pelea. En mi caso fue decisivo el año 1967, ya durante su transcurso me grabó Héctor Mauré …

AS: - “Un mundo nuevo”

HS: - Sí, con música de Osvaldo Avena. Luego gané el primer premio en el Festival Odol de la Canción de ese año con “Esta Ciudad”, música de Osvaldo Avena también. Me grabó Mercedes Sosa una milonga –con aire sureño, pero moderna- (“Para cantarle a  mi gente”, otra vez con música de Osvaldo Avena) y entre otras cosas, la orquesta de Osvaldo Pugliese con la  voz de Abel Córdoba, me estrenó y grabó el tango “Bien de abajo”, música de Arturo Penón.
Y allí empezó  otra historia. Para nosotros y para el tango. Pero la lucha siguió siendo “cruel y mucha”. Los retardatarios no cedieron así nomás. Y nosotros menos....

AS: - Tu obsesión creativa parece inagotable. ¿Me contás que andás haciendo últimamente?

HS: - Últimamente, anteriormente y siempre: escribir. Poemas y canciones, que tanto hacen falta, pero que siempre tanto cuesta hacer cantar, grabar y sobre todo, difundir. Pero eso es porque como uno trabaja mucho, siempre quiere más. De todos modos no puedo quejarme por la cantidad de grabaciones que siempre se van  sumando. Me están grabando los temas de los ’60 y de los ’70, que algunod, sobre todo los más jóvenes, en buena hora descubren y rescatan. También muchas obras nuevas. No quiero hacer nombres para no ser injusto con alguno de los que pueda sin querer olvidarme. Pero en la actualidad vuelvo a escuchar nuevas versiones de “Bien de abajo”, “Viejo Tortoni”, “Esta Ciudad” y las de obras nuevas que nacen con música de nuevos y anteriores compositores como  Oscar Pometti, Reinaldo Martín, Roberto Alvarez, Raúl Garello, Edgardo Acuña, Saúl Cosentino, el recordado Avena y ...dije que no quería hacer nombres por respeto a los que no me  vienen a la memoria en este momento, ya que entre ese repertorio hay grabaciones desde las de Osvaldo Pugliese y Susana Rinaldi, hasta las de José Larralde, León Gieco, Rubén Juárez, Mercedes Sosa, Caló con Podestá, el Cuarteto Zupay, Opus 4 y un montón más...

AS: - Pero te estás olvidando de tu obra más grabada...

HS: -  Es verdad, “De Buenos Aires morena”. Un fenómeno que hace más de 25 años se viene grabando incesantemente, de modo que ya perdí la cuenta. En una consulta que le hice a Carmen Guzmán, compositora de la melodía, llegamos  a la conclusión que ya tiene alrededor de cuarenta grabaciones y sabemos que  en este momento se está cantando en un espectáculo en España y que en agosto va a tener una nueva grabación para sumar a la cuenta que hace rato ya perdimos.

AS: - Baudelaire, poniendo en relieve el oficio del poeta, afirmaba que “la inspiración es decididamente la hermana del trabajo”. En la misma dirección, Federico García Lorca decía que “se vuelve de la inspiración como se vuelve del extranjero. El poema es la narración del viaje. La inspiración da la imagen pero no el vestido (…)”. Sin embargo, otro poeta que vos conociste mucho,  José Portogalo,  alguna vez aseguró que un poema no se “hace”, sino que se “siente”… Nunca hablamos de esto, o jamás te lo pregunté: ¿Vos qué pensás?.  O mejor dicho, ¿de qué manera escribís?

HN: - Como te dije en algún momento de la nota, inspiración más transpiración...Depende de cómo vengan las cosas. Hay momentos en que los versos te brotan como  si alguien te los  dictara y otros en que tenés que buscarlos como en el fondo de tu sentimiento y de tu historia. Otras veces hay determinados “encargos” que coinciden con tu mundo interior y son factibles de cumplirlos. Pero siempre van a alimentarlos la llama del sentimiento y han de ser la expresión de una verdad interior. Siempre sostuve (al principio instintivamente), que mi poesía estaba comprometida con la verdad, con la gente y con mi tiempo. Hoy lo sigo sosteniendo racionalmente. Por otra parte no escribo solamente cuando quiero, sino cuando puedo y cuando no puedo intento, persisto, descarto y me empecino hasta que el fueguito se enciende, aunque a veces cueste tropiezos y angustias indefinibles.

AS: -El próximo lunes te van a distinguir por tu trayectoria. ¿No te dan ganas de decir?: “Bueno, ya está. Ya dejé una huella en el tango. Ahora me voy a descansar…”

HN: - Mi mejor descanso es seguir escribiendo lo que siento. Poema o canción, aunque        últimamente todo lo que me pongo a escribir me sale naturalmente con ritmo y estructura de canción. Además,  no nos podemos dar el lujo de descansar mientras hay que sumar obras y calidad a nuestro verdadero cancionero de raíz nacional, que se ve permanentemente agredido por expresiones bastardas, seudocomerciales y chabacanas. Y eso de “ya  está”, ¿qué es?. Si yo me conmuevo cada vez más con el  repertorio de Discépolo, Manzi, Cadícamo, Cátulo, el “Negro” Celedonio, el gran Homero Expósito...Lo que más quisiera es alinearme con los buenos  autores que van apareciendo, en la “continuidad” de estos maestros de la poesía del tango para gestar el tango de este tercer milenio, pero sin trampas ni facilismos engañosos. Y al fin de cuentas, ¿de qué voy a descansar si escribir tangos, milongas, valsecitos porteños y canciones nuestras es lo que más me gusta y menos me cansa?. Además sigo mi tarea docente en la ex Universidad del tango (C.E.T.B.A.) y en la Academia Nacional del Tango (Liceo Superior del Tango), como hasta hace poco en la  Fundación Konex y siento que puedo volcar mucho de lo que aprendí. Por otra parte me nombran jurado de algunos concursos de tangos y canciones y allí siento que puedo contribuir a ser justo con los nuevos autores que por suerte, están apareciendo y necesitan ser reconocidos. ¿Te parece que me queda tiempo para descansar?

miércoles, 15 de abril de 2015

Homero Expósito y el color del mate amargo



“Trenzas / seda dulce de tus trenzas…” (Homero Expósito)

¿Cuánto tardaron las letras de los tangos en ascender desde la caricatura rufianesca de cafishos y patrones de esquina, hasta el ápice más alto de su verbo poético?
¿Cuánto tiempo le llevó al tango pasar del folletín canfinflero a esa construcción retórica superior, expresión metafísica del hombre común de la ciudad…?
Cuarenta y cuatro años, sería una respuesta posible.
Es decir, el período que va desde la aparición del tango “Don Juan, el taita del barrio”(1900), de Ricardo Podestá, hasta “Trenzas” (1944), de Homero Expósito.
Ese proceso dialéctico de incorporaciones, de avances y de retrocesos, de acumulaciones y de saltos, por supuesto,  no se produjo de un día para otro.
Según el enfoque, podría decirse que la audacia retórica de Homero Expósito fue antecedida por otras audacias  acometidas por muchos otros letristas y algunos pocos poetas volcados al oficio de letrista.
En ese sentido, la historiografía clásica del tango antepone a Pascual Contursi y a su “inclusión del número dos”, (al decir de Marechal), con “Mi noche triste”, como mutación cualitativa que transfigura el yo poético villoldeano, (canallesco, burlón, chulo emancipado), en el arquetipo nostálgico que atravesará a cuánta primera persona del singular sobresalga en el cancionero porteño desde ese capítulo en adelante.
Y aún más. Concedo al lector la posibilidad de examinar por su propia cuenta la evolución de la literatura tanguera, a fin de que establezca él mismo los topes que van de una lado al otro en esa trasformación de gusano en mariposa que se operó de un modo palmario en la trova del tango.
Una aventura recomendable.
Pero volviendo a Expósito, me gustaría afirmar que su aparición en el universo del tango está marcada por un hito fundacional, (y acaso también de clausura), cuando da a luz en 1944 la letra del tango “Trenzas”.
Dicha obra constituye una magnífica síntesis que conjuga la cultura rural, el lenguaje de aquella Buenos Aires de la primera mitad del siglo XX y los enunciados connotantivos que remiten de un modo inevitable a las vanguardias literarias,  y aún con más precisión, al simbolismo , movimiento iniciado en Francia por poetas como Stéphane Mallarmé y Jean Moreau.

“Trenzas,
seda dulce de tus trenzas,
luna en sombra de tu piel
y de tu ausencia...”

La decodificación intelectual siempre es menos compleja y más fría que el hecho poético en sí, pero en definitiva, estamos obligados a analizar. 
En ese sentido puede decirse, desde cierto punto de vista metódico, que la seda-dulce inserta en la lengua del tango una trasposición en dónde confluyen por lo menos, tres distintos planos sensoriales: la vista, el tacto y el gusto.
En su Tratado del verbo de 1885, René Ghill, (uno de los teóricos del simbolismo francés), ya intentaba declarar la supremacía de la sinestesia por sobre el resto de la sintaxis semántica: “(…) El Poema, así, se convierte en un verdadero trozo de música sugestiva y que se instrumenta sola: música de palabras evocadoras, de imágenes coloreadas sin perjuicio para las Ideas, puesto que, al contrario, son las ideas y las sensaciones de donde ellas provienen, las que llaman y rigen las series timbrales y sus matices propios para expresarlas emotivamente.”
Otra de las transferencias simbólicas que introduce de modo magistral Expósito en “Trenzas”, es la conversión del par diálectico presencia-ausencia,  (y aquí sí verificamos la “asistencia táctica” de Pascual Contursi), mediante el empleo de la sinécdoque.  Aquel, con sus “frasquitos adornados con moñitos”; éste,  fragmentando directamente el objeto amado en un aspecto relevante, simbólico, (las trenzas), repitiendo de este modo, el conjuro de los pintores simbolistas, quienes han utilizado una y otra vez la figura de la mujer buscando expresar una idea abstracta y una correspondencia entre lo esencial y aquello que está destinado a ser descifrado a través del mecanismo sensorial:

“Trenzas del color de mate amargo
que endulzaron mi letargo gris…”

Veinte años después, un respetable y afamado cantor grabó esta obra creyendo que Expósito había cometido un error. De tal manera, suplantó el “color” por el “sabor”.
Está claro que aún hoy día, el tango (o mejor dicho, los tangueros), no están preparados para este tipo de yuxtaposiciones retóricas, aún incluso, cuando inadvertidos han dejado pasar otras, producto de su falta de atención y carencia de percepción poética.
Bien señala Erika Bornay, en su estudio “El simbolismo de la cabellera femenina en el arte”,  algo que incluye sin margen de error la letra del tango Trenzas:
“La imagen de envolver, aprisionar al hombre-víctima con la red de la cabellera será adoptada por otros pintores, en particular por el noruego Edvard Munch, y en la literatura por Swinburne y por Maeterlinck. Y es que el pelo femenino no ha sido sólo vehículo de simbologías sociales, sino que cuando es largo y bello, ha inspirado a multitud de poetas, literatos,(…)”
Hermano de tantas cosas, el tango accedió al derecho de sentirse familiarizado con las grandes creaciones artísticas de la humanidad gracias a poetas como Expósito.
La pena, el dolor, la ausencia del objeto amado, (tópicos y motores temáticos del romanticismo del siglo XIX), fueron incluidos en el tango no sólo por letristas de formación folletinesca. sino también por peritos de la noche y de bibliotecas laberínticas como Homero Expósito.
“Ella me reveló raíces de delicados sabores, y miel silvestre y rocío / celestial, y sin duda en su lengua extraña me decía: Te amo.”.
La cita en verso pertenece a un poema del irlandés  John Keats,  (La belle dame sans merci), reconfigurado por el pintor John William Watherhouse en una obra homónima en la que puede verse a una muchacha de largo cabellos besando a un caballero de armadura.  En el poema, el caballero será interrogado por su pena por el poeta y confesará con desconsuelo que la muchacha finalmente, ha muerto.
En el cuadro de Watherhouse puede verse algo más todavía.: mientras el caballero accede a la boca de la muchacha, ella le anuda el cuello con su larga cabellera.

“Trenzas,
seda dulce de tus trenzas,
luna en sombra de tu piel
y de tu ausencia,
trenzas,
nudo atroz de cuero crudo
que me ataron a tu mudo adiós...”

Permítanme especular los lectores, que tanto el poema como el cuadro de Watherhouse son dos claros antecedentes de este tango que ha sido reversionado tantas veces en cuanta cantina o fonda de suburbio por tantos cantores, y silbado durante décadas por obreros del puerto y muchachas fosforeras que marchaban de madrugada a sus trabajos, sin sospechar ninguno de ellos, de esa lejana y fabulosa vinculación.
Y aún, cuando puedan endilgarme que relaciono de un modo antojadizo, diré que no hay otra manera de analizar las grandes letras de los tangos partiendo del resultado de una enorme acumulación intelectual que entronca las mejores tradiciones de la literatura universal con la construcción del yo poético ciudadano, más específicamente, el del porteño.
No hay otro modo de entender la evolución de las letras de los tangos sin establecer ese tipo de enlaces.
Y qué bueno que así sea.