Mis primeras imágenes de Rosario son, allá en un tiempo ahora lejano, una estación de tren y la calle Cafferata en dónde el tío Natalio tenía una colchonería. “Todos somos hijos de la historia”, decía alguien. Hijo, o mejor dicho nieto de “rusos” chacareros, a mí la historia me parió porteño por culpa y gracia de mi abuelo materno. Sus cuatro hermanos inmigrantes habían echado rápidamente raíces en las quintas de Funes y en los distintos barrios rosarinos, pero mi abuelo encalló su barco en los conventillos de San Cristóbal y en los cabarutes de 25 de Mayo, por lo que cada vez que teníamos que ir a visitar a nuestra parentela, al abuelo había que desamarrarlo del Obelisco. Pero era cuestión de subirse al tren en Retiro y apuntar nomás la proa para el lado de Rosario. Luego llegaron los años de la adolescencia, el abuelo partió de nuevo, pero esa vez nunca más lo volvimos a ver. Y así Rosario me quedó en la postal de las pibas del barrio Etchesortu, en las ásperas tenidas futbole...