martes, 22 de diciembre de 2009

Aquellas hermosas canciogasiones (O cuando Rosario fue la capital de Buenos Aires)


Mis primeras imágenes de Rosario son, allá en un tiempo ahora lejano, una estación de tren y la calle Cafferata en dónde el tío Natalio tenía una colchonería.
“Todos somos hijos de la historia”, decía alguien. Hijo, o mejor dicho nieto de “rusos” chacareros, a mí la historia me parió porteño por culpa y gracia de mi abuelo materno. Sus cuatro hermanos inmigrantes habían echado rápidamente raíces en las quintas de Funes y en los distintos barrios rosarinos, pero mi abuelo encalló su barco en los conventillos de San Cristóbal y en los cabarutes de 25 de Mayo, por lo que cada vez que teníamos que ir a visitar a nuestra parentela, al abuelo había que desamarrarlo del Obelisco.
Pero era cuestión de subirse al tren en Retiro y apuntar nomás la proa para el lado de Rosario.
Luego llegaron los años de la adolescencia, el abuelo partió de nuevo, pero esa vez nunca más lo volvimos a ver. Y así Rosario me quedó en la postal de las pibas del barrio Etchesortu, en las ásperas tenidas futboleras, y en el orgullo malevo de la “otra” ciudad con cicatriz de puerto.
En fin, pasaron los años de ese tiempo inocente y la vida me encontró con el pelo rapado y un fusil en la mano jugando a los soldaditos en la VII Brigada Aérea de Morón. Mientras los milicos preparaban su disparatada incursión en Malvinas, los colimbas cantábamos en las rondas de pan duro y mate cocido el “…y rasguña las piedras”, o el más inextricable aún “jugo de tomate frío…”. Terminé el servicio militar y al año estalló la guerra, pero la canción ya no era la misma.
Exhaustos y desorientados por tantos años de prohibiciones, hurgábamos las huellas de una edad robada en un repertorio un tanto críptico, legado de los años ’70. Pero la canción ya no era la misma. ¿Cómo entender que Manal, Spinetta, Charly, el mismo León Gieco, comenzaran de pronto a sonar en la radio con natural cotidianeidad?. Difícil.
Para algunos, el rock nacional ya no tenía razón de ser si ya no pertenecía al territorio exclusivo del culto. Para otros, había que salir de la secta, de los sótanos y sumarse a la gente, agrandar los horizontes, admitir otras posibilidades que excedieran al rock. Era el momento de cantar una que sepamos todos che.
Entonces, la voz cantante llegó de Rosario, igual que en los ‘60 con Los Gatos de Nebbia. Un tal Baglietto le anunciaba a Mirta que alguien estaba de regreso. Era en Abril, y a un año, todavía resonaban los acordes del bombazo que hundiera al Belgrano en los oídos de nuestra inconciencia colectiva. Necesitábamos respuestas, palabras que hablaran de nosotros. No bastaba con sólo pedirle a Dios.
A decir verdad, casi nadie reparaba en si los desconocidos que figuraban en la contratapa del long play como los autores de los temas eran rosarinos u oriundos de la Puna de Atacama. Poco importaba ese detalle desde nuestra cosmovisión porteñocentrista. Lo que importaba era volver a cantar. Sin embargo, esos apellidos fueron instalándose de a poco en cada uno de nosotros. Fandermole, Abonizio, Goldín, de los Santos. No estábamos acostumbrados a la figura del intérprete en el rock. - ¿Qué es eso de cantar temas de otros?-.
Pero pronto comprendimos que esos pajueranos no se andaban con chiquitas. Con el susodicho Fandermole, un paisano de metáforas llevar (“Sabes hermano lo triste que estoy, / se me ha hecho un duelo de trinos y sangre la voz”), comenzamos a recuperar ese regodeo con el universo interior de la poesía. Goldín proclamaba su lograda preposición onírica: “Dulce pájaro, / mirada de volcán”. Y el Adrián Abonizio nos resfregaba su épica de antihéroes casi criollos, casi tangueros, al son de sus historias de perdedores: “(…) para el que vuelve del infierno / ya no hay más fantasías, / sólo existe un tiempo blando.”
Después Fito confesaba que era del ´63. (Yo soy del ’61), pero todo me era familiar: Kennedy, Vietnam, el golpe del ’76, Lennon… “¿Qué pasa en la Tierra / que el cielo es cada vez más chico? . Pero… ¡Oia! ¿¡Estos tipos escuchan a Discépolo!? : “La Tierra está maldita / y el amor con gripe, en cama. / La gente en guerra grita,/ bulle, mata, rompe y brama.” (-¿Qué sapa Señor?-, Enrique Santos Discépolo).
A propósito: ahora que pasaron los años y ya estoy en edad de contar los heridos, los muertos y los que quedamos en pie, sospecho que esos provincianos de ciudad que arremetieron allá por los ’80 tuvieron algo que ver con el lento rescate que los jóvenes de aquella época comenzáramos a hacer de la lírica del tango. Al fin y al cabo, todo lo importante que le sucedió a la música de Buenos Aires, comenzó primero por suceder lejos de Buenos Aires.
Nos acercábamos a los treinta, el tango nos acechaba detrás de cada herida absurda. Mientras tanto, yo le afanaba a un amigo la “Canta Rock” para aprenderme los acordes de El témpano. No era cuestión de perder el tren con las minitas. Ya no éramos adolescentes.
La canción ya no era la misma, venía de otra ciudad, de otras quemaduras de asfalto. Con olor a pucho, con cielo de pampa.
Por eso, de vez en cuando, me da por enchufar mi destartalado Winco para recordar aquellos viejos tiempos difíciles y bellos escuchando esas canciones que nos hicieron cantar una década más.
Y juro que se me cae un lagrimón.
Todavía me emocionan ciertas cosas.

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Odnazhdi (Érase una vez)

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