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20 de Julio de 1969

Por Alejandro Szwarcman Según constaba en sus propios documentos, mi abuelo nació en un pueblo olvidado de la Europa Oriental allá por 1905. En mi familia no eran pocos los que por diversos motivos sospechaban que ese dato no era del todo auténtico. De tal manera que mis parientes comentaban a menudo que el registro de aquel año no era más que un malentendido propio de la época y que "el zeide" por lo tanto, habría llegado al mundo con las últimas exhalaciones del siglo XIX. Para mí, que siempre dudé de todo, no era ni una cosa ni la otra. Yo creo que por su concepción del universo, mi abuelo bien pudo haber sido uno de aquellos abnegados que atravesaron a pie el Mar Rojo junto con Moisés en ese azaroso periplo que condujo a los hebreos desde Egipto hacia la Tierra Prometida. Lo que está claro desde ya, es que mi abuelo no pertenecía de ningún modo al siglo XX. Tipo muy especial aquel Don Jacobo. Su mundo se dividía a dos aguas. Uno, el de su precario Kámen...

Neruda está fuerte

Decir que la televisión argentina es una cloaca infecta, a esta altura del partido ya no solamente es un lugar común del lenguaje escatológico, sino también una obviedad. Claro, alguien podría decir que el Canal Encuentro o algunos programas de Canal 7 justifican de alguna manera que ese cuadriforme a control remoto que cada buen ciudadano posee en su casa sirva para algo más que apoyar floreros o retratos familiares. El asunto es que haciendo un promedio, la televisión, para decirlo elegantemente, es una basura. Y no solamente es una basura porque son pobres sus contenidos, sino también porque se ha convertido en una dañina forma de reproducir ciertas líneas del pensamiento, que son algo así, como volver a la rama donde habitaba nuestro venerable antepasado, el Australopitecus. Por ejemplo, entre otros primores, la televisión ha sofisticado la manera de exponer a la mujer (y más aún si es que se trata de una bella mujer) como el ser más estúpido que pueda existir entre todas ...